Allá por el año 1.522, cuando los franceses dejaron la fortaleza de “Gazteluzar”, pasó esta otra vez a poder de los irundarras quedando esta al cuidado del Capitán y Alcaide Ochoa de Azúa. Los franceses quedaron heridos en su orgullo, cuando desde su posición en Fuenterrabía divisaban la bandera de Irun ondear en la fortaleza de “Gazteluzar”. Por este motivo, los franceses decidieron atacar la fortaleza y reuniendo a 1.000 labortanos, se instalaron en la peña Aldabe para así, al día siguiente 29 de junio, poner cerco al castillo, no creyendo encontrar la resistencia que pusieron Ochoa de Azúa y sus veteranos.
Aquel año, Irun era de la jurisdicción de los capitanes Azcue y Ambulody, que al ver la posición de los franceses, decidieron que tenían que atacar, pero no sin antes, pedir permiso al Capitán General, de quien lo único que consiguieron fue una evasión del tema. Visto el empeño que demostraban los gallardos luchadores Azcue y Ambulody dispuestos a morir junto con sus compañeros con gentes naturales del lugar antes que el enemigo invadiera su tierra, el Capitán General decidió acudir con parte de su infantería y 150 caballos. Así marcharon hacia la sierra animosos, comenzaron a subir al monte, de noche, con mucha precaución y atándoles la lengua a los caballos para que estos, no pudieran relinchar y así no les oyera el enemigo hasta llegar al valle “Saroya de Aguinaga”.
Entre tanto, a un clérigo de Rentería, Mosén Pedro de Irizar, se le ocurrió la idea de recorrer durante toda la noche el Camino Real junto con jóvenes y mujeres del lugar, que llevaban en las manos 400 hachas de palo encendidas, para hacer creer al enemigo que por aquella zona se reconcentraban los nuestros. Ardid que fue de mucho efecto, según reconocieron los mismos contrarios después que la marcha de los nuestros por el lado opuesto no fuese advertida.
Mientras todo esto ocurría, nuestra gente, avanzaba lenta y sigilosamente, protegidos por la oscuridad de la noche, sin que ningún ruido turbase la soledad de aquellas horas de angustia.
Al llegar a la peña Aldabe que ocupaban los labortanos, la patrulla enemiga se vio obligada a dar la voz de alarma. Sobrecogidos los franceses con esta inesperada acometida huyeron a la desbandada, sin esperar el ataque, rodando por aquellas pendientes como piedras desprendidas en lo alto de la montaña, y no pararon hasta rebasar el río Bidasoa por el mismo paso de “Aritzmakur” de donde entraron, perseguidos de cerca por los nuestros.